Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Ana puso sobre la tumba de Matthew las flores que llevaba y luego fue hacia el pequeño rincón a la sombra del álamo donde dormÃa Hester Gray. Desde el dÃa de la excursión primaveral, Ana siempre ponÃa flores sobre la tumba de Hester cuando visitaba la de Matthew. La tarde anterior habÃa caminado hasta el desierto jardincillo entre los bosques y recogido algunas de las rosas blancas de Hester.
—Pensé que te gustarÃan más que cualesquiera otras —dijo suavemente.
Ana se encontraba allà sentada, cuando vio una sombra en el suelo junto a ella, alzó la vista y vio a la señora Alian. Volvieron juntas a sus casas.
La señora Alian ya no tenÃa el rostro de joven novia que ostentara cuando el ministro la llevara a Avonlea cinco años atrás. HabÃa perdido algo de su lozanÃa juvenil, y se encontraban sufridas lÃneas junto a su boca y ojos. Algunas eran debidas a una pequeña tumba que se hallaba en ese mismo cementerio; y otras más nuevas habÃan surgido durante la reciente enfermedad de su hijito, felizmente ya fuera de peligro. Pero sus hoyuelos eran tan dulces como siempre y sus ojos tan claros, brillantes y sinceros; la lozanÃa juvenil que faltaba a su rostro, estaba ahora más que compensada por una gran ternura y fuerza.
—Supongo que estás pensando en tus vacaciones, Ana —dijo cuando dejaron el cementerio.