Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Espléndido —asintió Ana fijando sus brillantes ojos grises en los brillantes ojos celestes del niño. Ana y Paul sabían:
Cuán hermoso es el reino que nos abre la imaginación.
Y ambos conocían el camino que iba al país de la felicidad. Allí la rosa de la alegría florecía inmortal en el valle y el arroyo; y las nubes nunca oscurecían el rayo del sol; las dulces campanas nunca emitían sonidos discordantes y abundaban los buenos espíritus. El conocer la situación geográfica de ese país… «al este del sol, al oeste de la luna»… es un don inapreciable y que no puede comprarse. Debe ser el regalo de las buenas hadas al nacer, y los años no pueden mutilarlo o quitarlo. Es preferible poseerlo viviendo en una buhardilla, que habitar palacios sin él.
El cementerio de Avonlea continuaba siendo el solitario campo cubierto de césped. A decir verdad, los «fomentadores» ya habían pensado en él. Y Priscilla Grant había leído en la última reunión un informe sobre cementerios. Los «fomentadores» tenían la esperanza de poder reemplazar algún día la sucia, destartalada y vieja cerca de madera por una limpia verja de alambre, hacer regar el césped y enderezar los ladeados monumentos.