Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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Ana se permitió una sonrisa aprovechando que Paul no la miraba. Todo Avonlea sabía que la anciana señora Irving estaba educando a su nieto de acuerdo con los viejos métodos de la dieta y la moral.

—Esperemos que no, querido —dijo Ana alegremente—. ¿Cómo está tu gente de las rocas? ¿Sigue portándose bien el mayor de los mellizos?

—Tiene que hacerlo —aseguró Paul enfáticamente—. Sabe que de otro modo, no seré su amigo. Yo creo que está realmente lleno de maldad.

—¿Y Norah? ¿Ha descubierto ya a la Dama Dorada?

—No, pero creo que sospecha. Estoy casi seguro que la última vez que fui a su caverna, me vigilaba. A mi no me importa si se entera. Yo no querría que ocurriera sólo por su bien, ya que eso iba a herir sus sentimientos. Pero si ella está decidida a herir sus sentimientos, no puede evitarse.

—Si alguna noche voy hasta la playa contigo, ¿crees que yo también podré ver a tu gente de las rocas? —Paul sacudió la cabeza gravemente.

—No, no creo que usted pueda verles. Pero podrá ver la suya. Usted es de la clase de personas que pueden. Los dos somos de esa clase. Usted lo sabe, señorita —agregó apretando la mano en señal de camaradería—. ¿No es espléndido ser así, señorita?


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