Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —La semana que viene cumplo años —dijo Paul mientras subÃan la roja colina, bajo los rayos del sol de junio— y papá me escribió diciendo que me mandaba algo que según él es lo que más podÃa gustarme. Creo que ya llegó, pues abuelita tiene la biblioteca siempre cerrada con llave, y eso no lo ha hecho nunca. Y cuando le pregunto por qué, me mira misteriosamente y responde que los niños no deben ser tan curiosos. Es muy excitante cumplir años. ¿No le parece? Voy a cumplir once. Nadie lo dirÃa al verme, ¿no es cierto? Abuelita dice que soy muy pequeño para mi edad y que es porque no como suficiente potaje. Hago lo posible, pero abuela sirve unos platos tan generosos. No hay nada mezquino en la abuela, puedo asegurárselo. Desde aquella vez que usted y yo hablamos de las oraciones camino de la escuela, cuando me dijo que debÃamos rezar para salvar las dificultades, le he pedido a Dios todas las noches que me concediera gracia suficiente para ser capaz de comer todo mi potaje. Pero nunca lo he conseguido hasta hoy y aún no sé si será porque tengo muy poca gracia o demasiado potaje. Abuelita dice que papá creció a fuerza de potaje y en su caso sà que resultó bien, pues tendrÃa que ver la espalda que tiene. Pero algunas veces —suspiró Paul con aire meditabundo— creo realmente que el potaje será mi muerte.