Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Papá no es un hombre con el que resulte muy fácil trabar amistad —le habĂa dicho una vez Paul—. No tuve realmente intimidad con Ă©l hasta que muriĂł mamá. Pero es esplĂ©ndido cuando se ha aprendido a conocerlo. Lo quiero más que a nadie en el mundo; despuĂ©s a abuelita, y luego a usted, señorita. La querrĂa a usted despuĂ©s de papá si no fuera mi deber querer más a mi abuela por todo lo que está haciendo por mĂ. Usted comprende, señorita. Aunque desearĂa que me dejara la lámpara en mi cuarto hasta que me durmiera. Se la lleva inmediatamente despuĂ©s de que me acuesto, porque dice que no debo ser cobarde. No soy miedoso, pero me gustarĂa tener la luz. Mamá siempre se sentaba junto a mĂ y me sostenĂa la mano hasta que me dormĂa. Supongo que me malcriaba. Usted sabe que las mamas a veces lo hacen.
No, Ana no lo sabĂa, aunque podĂa imaginarlo. PensĂł tristemente en su «mamá», la madre que pensara que ella era «totalmente hermosa», que habĂa muerto hacĂa tanto tiempo y que se encontraba enterrada junto a su joven esposo en una tumba lejana que nadie visitaba. Ana no podĂa recordar a su madre y por esta razĂłn, casi envidiaba a Paul.