Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —No, por supuesto, no querrÃa. Eso es exactamente lo que siento. Es usted tan buena al comprenderlo, señorita. Nadie me entiende tan bien, ni siquiera abuelita, aunque es tan buena conmigo. Papá lo comprende bastante bien, pero no puedo hablarle mucho de mamá porque lo pone muy triste. Cuando se cubre la cara con las manos, sé que debo detenerme. Pobre papá, debe sentirse terriblemente solo sin mÃ; pero no tiene más que un ama de llaves. Y cree que éstas no son apropiadas para educar a un niño, especialmente cuando él tiene que estar tanto tiempo fuera de casa por sus negocios. Las abuelas son lo mejor, después de las madres. Algún dÃa, cuando crezca, volveré junto a papá y no nos separaremos nunca más.
Paul le habÃa hablado tanto a Ana de su madre y su padre que la joven sentÃa como si los hubiera conocido. Pensaba que la madre debÃa haber sido muy parecida al niño en temperamento y disposiciones, y tenÃa idea de que Stephen Irving era un hombre más bien reservado, que poseÃa una profunda y tierna naturaleza que escondÃa escrupulosamente al mundo.