Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Se me ocurrió esperarla, señorita, porque sabÃa que iba para el cementerio —dijo y se cogió de su mano—. Yo también voy… llevo este ramo de geranios para la tumba de abuelito Irving de parte de abuelita. Y mire, señorita, voy a poner este manojo de rosas blancas junto a la tumba de abuelito en memoria de mi mamá… porque no puedo llegar hasta su tumba. ¿Cree usted que ella se enterará?
—SÃ, Paul, estoy segura.
—¿Sabe, señorita? Hoy hace tres años que murió mamá. Es muchÃsimo tiempo, pero duele tanto como antes, y también la extraño tanto como antes. A veces me parece que no puedo soportar tanta pena.
La voz de Paul tembló y corrió un estremecimiento por sus labios. Bajó la vista hacia las rosas con la esperanza de que su maestra no viera las lágrimas que habÃa en sus ojos.
—Y asà y todo —dijo Ana suavemente— no querrÃas que dejara de lastimarte… no querrÃas olvidar a tu mamá aunque pudieras.