Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Ana puso a Davy sobre sus rodillas e hizo cuanto pudo para aclarar aquel error teológico. Estaba mucho mejor preparada que Marilla para la labor, pues recordaba su propia niñez y poseía una instintiva comprensión por las ideas que tienen los pequeños de las cosas que son claras y fáciles para los mayores. Acababa de convencer a Davy de que el cielo no estaba en el desván de Simón Fletcher cuando entró Marilla desde el jardín, donde ella y Dora estuvieran recogiendo guisantes. Dora era muy laboriosa y nunca estaba más contenta que cuando ayudaba en las tareas que le permitían sus dedos gordezuelos. Alimentaba las gallinas, juntaba astillas, secaba platos y llevaba recados. Era pulcra, fiel y obediente; nunca había que decirle dos veces que hiciera una cosa y jamás olvidaba ninguno de sus pequeños deberes. Davy, al contrario, era desatento y olvidadizo, pero poseía la innata virtud de hacerse querer y Ana y Marilla le querían más.
Mientras Dora pelaba orgullosa los guisantes y Davy hacía barquitos con las vainas, con mástiles de cerilla y velas de papel, Ana informó a Marilla del maravilloso contenido de la carta.