Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Marilla, ¿qué le parece? Acabo de recibir una carta de Priscilla y me dice que la señora Morgan está en la isla y que el jueves, si hace buen tiempo, vendrán a Avonlea, más o menos a las doce. Pasarán la tarde con nosotros e irán al hotel de White Sands al anochecer, porque algunos americanos amigos de la señora Morgan se alojan allÃ. ¡Oh, Marilla!, ¿no es hermoso? Apenas si puedo creer que no sueño.
—Me atrevo a decir que la señora Morgan se parece mucho a los demás mortales —dijo Marilla secamente, aunque se sentÃa un poquito excitada también. La señora Morgan era una dama famosa y su visita, un acontecimiento fuera de lo común—. Entonces, ¿vendrán a almorzar?
—SÃ. ¿Puedo hacer yo todo el almuerzo? Quiero tener la sensación de que soy capaz de hacer algo por la autora de El jardÃn de los pimpollos, aunque no sea más que cocinarle el almuerzo. No se opone, ¿no es cierto?
—Por Dios, no me gusta tanto andar cerca del fuego en julio como para ofenderme si alguna otra persona lo hace. Bienvenida al trabajo.
—Gracias —dijo Ana, como si Marilla le hubiera hecho un favor tremendo—. Esta misma noche prepararé el menú.