Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Procura no hacer muchas florituras —dijo Marilla, un poco alarmada por lo de «menú»—. A ver si haces una de las tuyas.
—No «florearé», si con eso quiere decir que haré platos demasiado extravagantes. Eso serÃa afectación y, aunque sé que no poseo el sentido y seguridad que debe tener una muchacha de diecisiete años y una maestra, no soy tan tonta como para eso. Pero que todo esté tan bien como sea posible. Davy, no dejes esas vainas de guisantes en la escalera, alguien puede pisarlas y resbalar. Empezaremos con una sopa ligera… ya sabe que puedo hacer una sabrosa crema de cebollas… y luego un par de pollos al horno. Serán los dos pollos blancos. Les he tenido mucho afecto desde que nacieron. Pero sé que deben ser sacrificados alguna vez y ninguna ocasión mejor que ésta. Pero, Marilla, yo no puedo matarlos, ni siquiera en honor de la señora Morgan. Le tendré que pedir a John Henry Cárter que venga a hacerlo por mÃ.
—Yo lo haré —se ofreció Davy— si Marilla los sostiene de las patas, porque creo que usaré las dos manos para el hacha. Es fantástico verlos saltar después de degollados.