Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Luego serviré guisantes y judÃas; patatas con crema y ensalada de lechuga —resumió Ana—, y de postre, tarta de limón con crema batida, queso y café. Mañana prepararé la tarta y arreglaré mi vestido blanco de muselina. Debo decÃrselo a Diana esta noche, pues querrá hacer lo mismo con el suyo. Las heroÃnas de la señora Morgan casi siempre visten de muselina blanca y Diana y yo hemos resuelto que asà habÃamos de vestir si alguna vez la conocÃamos. Será un cumplido muy delicado, ¿no le parece? Davy, querido, no debes meter la vaina de los guisantes en las rendijas del suelo. Debo invitar al señor Alian y a su mujer y a la señorita Stacy, pues todos tienen muchas ganas de conocer a la señora Morgan. Es una fortuna que venga mientras está aquà la señorita Stacy. Davy querido, no hagas navegar las vainas de los guisantes en el cubo de agua. Espero que hará buen tiempo el jueves y me parece que sÃ, porque anoche, cuando el tÃo Abe fue a visitar al señor Harrison, dijo que iba a llover casi toda la semana.
—Es buen signo —afirmó Marilla.
Ana corrió esa noche a «La Cuesta del Huerto» para llevarle las noticias a Diana, que también se excitó por ellas, y allà discutieron el asunto, sentadas en la hamaca bajo el gran sauce del jardÃn de los Barry.
—Ana, ¿puedo ayudarte a cocinar? —imploró Diana—. Tú sabes que sé hacer una exquisita ensalada de lechuga.