Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —No, gracias —respondió Marilla con indignado énfasis—. DarÃa un bonito espectáculo remando por el lago. Me parece oÃr a Rachel diciéndolo. Allà va el señor Harrison. ¿Crees que es cierto el murmullo que corre de que va a ver a Isabella Andrews?
—No, estoy segura que no. Sólo fue allà una tarde a tratar de negocios con el señor Harmon Andrews y la señora Lynde lo vio y dijo que iba en plan de cortejo porque llevaba cuello blanco. No creo que el señor Harrison llegue a casarse nunca. Parece tener prejuicios contra el matrimonio.
—Bueno, nunca se puede asegurar nada sobre estos viejos solterones. Y si llevaba cuello blanco, estoy de acuerdo con Rachel en que es muy sospechoso, porque nunca se le ha visto asà anteriormente.
—Yo creo que sólo se lo puso porque deseaba llegar a un acuerdo comercial con el señor Andrews —dijo Ana—. Le he oÃdo decir que es la única circunstancia en que un hombre debe preocuparse particularmente por su apariencia, porque si parece próspero, no es tan probable que la parte contraria trate de hacerle trampas. Realmente siento pena por el señor Harrison; no creo que esté satisfecho con la vida que lleva. Debe ser muy triste no tener a nadie más que una cotorra que cuidar, ¿no le parece? Pero me he dado cuenta de que al señor Harrison no le gusta que lo compadezcan. Bueno, a nadie le gusta, me imagino.