Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Me temo que no. Fuentes tan antiguas como ésa son muy escasas. La señora Lynde no pudo encontrar una por ningún lado. Ojalá la consiguiera, porque para la señorita Barry serÃa lo mismo una fuente que la otra, si es igualmente antigua y genuina. Marilla, mire esa gran estrella sobre los manzanos del señor Harrison con ese resplandor plateado enmarcado por el cielo. Me da la sensación de que es una plegaria. Después de todo, cuando uno puede ver estrellas y cielos como éstos, las pequeñas desilusiones y accidentes no pueden tener mucha importancia. ¿No le parece?
—¿Dónde está Davy? —preguntó Marilla, con una indiferente mirada a la estrella.
—En la cama. Le habÃa prometido que mañana les llevarÃa de excursión a la playa. Por supuesto, el trato era que debÃa ser bueno. Pero él trató de serlo… Y no tengo valor para desilusionarlo.
—Tú y los mellizos sois capaces de ahogaros si remáis con ese bote —gruñó Marilla—. He vivido aquà sesenta años y todavÃa no he cruzado el lago.
—Bueno, nunca es tarde para remediarlo —dijo Ana en tono de ruego—. Suponga que mañana se viene con nosotros. Cerramos «Tejas Verdes» y pasamos todo el dÃa en la playa, olvidándonos del mundo.