Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Sé que tengo inclinación a obrar asà —asintió Ana tristemente—. Cuando pienso que va a pasar algo hermoso me parece volar por anticipado; y luego, al primer contratiempo me precipito a tierra de un golpe. Pero, realmente, Marilla, la parte del vuelo es gloriosa mientras dura. Es como remontarse hasta el ocaso. Creo que esto casi compensa el golpe.
—Bueno, quizá sea asà —admitió Marilla—. Yo más bien prefiero caminar tranquilamente sin vuelo ni caÃda. Pero cada uno tiene su modo de vivir. Yo creÃa que habÃa un solo camino recto, pero desde que te crié a ti y a los mellizos, no estoy tan segura. ¿Qué vas a hacer con la fuente de la señorita Barry?
—Devolverle los veinte dólares que pagó por ella, supongo. Estoy muy agradecida de que no sea una antigua herencia, porque en ese caso no habrÃa dinero que pudiera pagarla.
—Quizá puedas conseguir una igual en alguna parte y comprársela.