Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Bueno —suspiró Ana dejando la carta sobre el rojo escalón de piedra de la puerta del patio, donde se hallaba sentada mientras caÃa el crepúsculo—. Siempre pensé que era demasiado bueno para que resultara verdad. Pero vaya… estas palabras suenan tan pesimistas como si fueran de Eliza Andrews, y estoy avergonzada de haberlas pronunciado. Después de todo no era demasiado bueno para ser verdad… cosas tan buenas como ésa se convierten en realidad para mà a cada rato. Y supongamos que los acontecimientos de hoy tienen también su lado gracioso. Quizá cuando Diana y yo seamos viejas y grises, nos podamos reÃr al recordarlos. Pero no creo que pueda hacerlo antes de esa época, porque en verdad ha sido una amarga desilusión.
—Con toda seguridad has de sufrir muchas desilusiones peores que ésa antes de que llegues a vieja —dijo Marilla, creyendo honestamente que estaba diciendo algo reconfortante—. Me parece, Ana, que nunca vas a poder quitarte la costumbre de poner todo tu corazón en las cosas y luego caer en la desesperación porque no las consigues.