Ana, la de Avonlea

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—Bueno, tú sabes que sólo la había comprado, de modo que no es lo mismo que si la hubiera heredado —dijo Diana tratando de consolarla. Los invitados se retiraron poco después, comprendiendo con todo tacto que era lo mejor que podían hacer. Diana y Ana lavaron los platos hablando menos que de costumbre. Luego Diana se fue a su casa con un gran dolor de cabeza y Ana con otro a su buhardilla, donde se quedó hasta el atardecer, cuando Marilla regresó de la oficina de correos con una carta de Priscilla escrita el día anterior. La señora Morgan se había torcido un tobillo y no podía dejar su habitación.

Y, ¡oh!, querida Ana —escribía Priscilla—, estoy tan apenada, porque temo que ahora no podamos ir a «Tejas Verdes», pues cuando tía se restablezca del tobillo, tendrá que regresar a Toronto. Debe estar allí en una fecha determinada.








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