Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Hay un viejo proverbio que a veces parece realmente una inspiración: «Nunca llueve, pero caen gotas». La medida de tribulaciones de aquel dÃa no estaba colmada. Justo en el momento en que el señor Alian acababa de bendecir la mesa, se escuchó un ruido en las escaleras, como de un objeto pesado que cayera de escalera en escalera, para finalizar con un gran estruendo al llegar abajo. Todos corrieron al vestÃbulo y Ana dio un grito de espanto.
Al pie de la escalera se veÃa una gran concha rosada entre los fragmentos de lo que habÃa sido la fuente de la señorita Barry, y arriba de la escalera se hallaba un aterrorizado Davy, observando con ojos muy abiertos los desperfectos.
—Davy —dijo Marilla animosamente—, ¿tiraste esa concha a propósito?
—No, juro que no —sollozó Davy—. Sólo estaba aquà arrodillado, quietecito, mirándoles a través de la barandilla y mi pie dio contra esa cosa y la empujó. Y tengo mucha hambre… y me gustarÃa que me dieran una buena tunda en vez de mandarme siempre arriba y que me pierda todo lo bueno.
—No culpen a Davy —dijo Ana recogiendo los fragmentos con dedos temblorosos—. Fue culpa mÃa. Dejé la fuente allà y me olvidé. Estoy convenientemente castigada por mi descuido, pero ¡oh!, ¿qué dirá la señorita Barry?