Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—Creo que éste es un caso de demasiadas cocineras —dijo Marilla que había escuchado el diálogo con expresión algo culpable—. No creí que te acordarías del azúcar, Ana, pues estaba completamente segura de que nunca lo habías hecho antes, de modo que… yo eché una cucharada.

Los invitados oyeron carcajada tras carcajada provenientes de la cocina, pero nunca supieron dónde estaba la broma. Sin embargo, aquel día no hubo guisantes en la mesa.

—Bueno —dijo Ana, y se tranquilizó con un suspiro—. De cualquier modo tenemos la ensalada y no creo que les haya pasado nada a las habas. Llevemos las cosas y olvidémoslo.

No se puede decir que aquel almuerzo fuera un notable éxito social. Los Alian y la señorita Stacy se esforzaron por salvar la situación y la usual placidez de Marilla no se alteró demasiado. Pero Ana y Diana, entre la desilusión y las consecuencias de la excitación del mediodía, no podían comer ni hablar. Ana trató heroicamente de tomar parte en la conversación en consideración a sus invitados; pero todo su brillo estaba apagado por los acontecimientos y, a pesar de su cariño por los Alian y la señorita Stacy, no podía dejar de pensar en lo agradable que sería cuando todos se hubieran retirado y ella pudiera enterrar su dolor y desilusión entre las almohadas de su cuarto.


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