Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Ana y Diana se miraron en busca de consuelo. A la una y media Marilla volvió a aparecer.
—Niñas, debemos almorzar. Todos tienen hambre y no hay razón para esperar más tiempo. Está claro que Priscilla y la señora Morgan no vienen y no se gana nada esperando.
Ana y Diana empezaron a servir la comida, habiendo desaparecido todo el deleite que las embargara.
—No creo que pueda probar bocado —dijo Diana penosamente.
—Ni yo. Pero espero que todo esté bien para la señorita Stacy y el señor y la señora Alian —dijo Ana indiferentemente. Cuando Diana sirvió los guisantes, los probó y una peculiar expresión cubrió su rostro.
—Ana, ¿le pusiste azúcar a los guisantes?
—Sà —dijo Ana aplastando las patatas con aire de persona que siempre cumple con su deber—. Puse una cucharada de azúcar. Nosotros siempre lo hacemos. ¿No te gusta?
—Pero yo también eché una cucharada cuando los puse en la cocina —dijo Diana.
Ana dejó las patatas. A continuación probó los guisantes e hizo una mueca.
—¡Qué horror! No pensé que les hubieras puesto azúcar, porque sé que tu madre no lo hace. Pensé en ello por milagro, pues siempre me olvido.