Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Bueno, vete arriba y quédate allà hasta después de la comida. Quizá para ese entonces las tengas bien ordenadas en tu memoria. No, Ana. No intentes interceder por él. No le estoy castigando porque echó a perder tus tartas; eso fue un accidente: lo hago por su desobediencia. Ve, Davy, he dicho.
—¿No almorzaré nada? —se quejó el niño.
—Puedes bajar después que hayamos terminado nosotras y comer en la cocina.
—Oh, bueno —dijo Davy algo más conforme—. Sé que Ana me guardará unos ricos huesos. ¿No es cierto, Ana? Tú sabes que no estropeé tus tartas a propósito. Dime Ana, ya que están impresentables, ¿puedo llevarme algún trozo arriba?
—No, señorito Davy, no hay pastel de limĂłn para usted —dijo Marilla empujándolo hacia el vestĂbulo.
—¿Qué haré de postre? —preguntó Ana mirando apesadumbrada los destrozos.
—Saca un plato de dulce de fresas —dijo Marilla consolándola—. En el tazón ha quedado suficiente crema batida como para ponerla encima.
Y llegĂł la una… pero no Priscilla o la señora Morgan. Ana se sentĂa morir. Todo estaba hecho de acuerdo a su turno, y la sopa ya en su punto.
—No creo que vengan, después de todo —dijo Marilla con enfado.