Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Cuando llegaron a la despensa, sus ojos se encontraron con un espectáculo horripilante: un pequeño muchacho con apariencia de culpable bajaba de la mesa con la blusa estampada de amarillo; sobre la mesa yacÃan los destrozados fragmentos de lo que habÃan sido dos excelentes y cremosos pasteles de limón.
Davy habÃa terminado de desenredar su red para arenques y la habÃa arrollado como una pelota. Luego se dirigió hacia la despensa con el propósito de guardarla en el estante de arriba de la mesa, donde ya tenÃa un buen surtido de pelotas por el estilo, las cuales no servÃan para nada útil, salvo el placer de poseerlas. El niño tuvo que subirse a la mesa para alcanzar el estante desde un peligroso ángulo, algo que Marilla le habÃa prohibido.
Esta vez el resultado fue desastroso. Davy resbaló y cayó de lleno sobre las tartas de limón. Su blusa limpia quedó arruinada por el momento, y las tortas de limón, para siempre.
—Davy Keith —dijo Marilla sacudiéndolo por un hombro—: ¿No te habÃa prohibido volver a subir a esa mesa? ¿No te lo habÃa prohibido?
—Me olvidé —gimió Davy—. Me ha dicho que no debo hacer tantas cosas que no puedo recordarlas todas.