Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—Bueno —dijo Diana mirando pesarosa el sol que se ponía en el horizonte—. Supongo que debemos irnos si queremos llegar a casa del señor Kimball antes de que oscurezca. Hemos pasado un rato delicioso, señorita Lewis.

—¿Vendréis a verme otra vez? —rogó ésta.

La alta Ana puso su brazo sobre el hombro de la pequeña dama.

—Claro que sí —prometió—, ahora que la hemos descubierto. Sí, debemos irnos, «debemos arrancarnos de aquí», como dice Paul Irving cada vez que viene a «Tejas Verdes».

—¿Paul Irving? —Hubo una repentina mutación en la voz de la señorita Lavendar—. ¿Quién es? No sabía que hubiera alguien de ese nombre en Avonlea.

Ana se sintió molesta por su propia imprudencia; cuando nombró a Paul, había olvidado el viejo romance de la señorita Lavendar.

—Es un pequeño alumno mío —explicó pausadamente—. Llegó de Boston el año pasado a vivir con su abuela, la señora Irving, sobre el camino de la playa.

—¿Es el hijo de Stephen Irving? —preguntó la señorita Lavendar inclinándose sobre la franja de flores de lavanda de modo que su rostro quedó oculto.

—Sí.


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