Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—Pienso que sus padres le dieron el nombre más apropiado y conveniente que podían darle —dijo Ana—. Si hubieran sido tan ciegos como para llamarla Elisabeth o Nellie o Muriel, igual debía ser llamada Lavendar. Ese nombre está lleno de sugerencias de antiguas gracias y «trajes de seda». Ahora mi nombre me suena a pan y manteca, remiendos y tareas domésticas.

—Oh, yo no pienso así —exclamó Diana—. Ana me parece realmente majestuoso, como una reina. Pero hasta Kerrenhappuch me gustaría si fuera tu nombre. Creo que la gente hace bonitos o feos a los nombres, según cómo se comporte. Ahora no puedo soportar los nombres de Josie o Gertie, pero antes de conocer a los Pye, pensaba que eran nombres bonitos.

—Es una idea espléndida, Diana —dijo Ana entusiasmada—. Vivir para embellecer el nombre, aunque no sea tan hermoso en sí mismo y hacerlo, resaltar en la mente de las gentes como algo bello y placentero en lo cual nunca pensarían. Gracias, Diana…





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