Ana, la de Avonlea

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Una carta llegó un mes más tarde. Pero no era de Richard Keith. Un amigo suyo escribió para decir que había muerto de tisis hacía quince días. El corresponsal era su albacea y en el testamento figuraba un legado de dos mil dólares para la señorita Marilla Cuthbert, como albacea de Davy y Dora Keith, hasta que fueran mayores de edad o hasta que se casaran. Entre tanto, los intereses debían ser empleados para su manutención.

—Me parece horrible alegrarse por algo relacionado con la muerte —dijo Ana—. Lo siento por el pobre señor Keith, pero me alegro de que nos quedemos con los mellizos.

—El dinero nos vendrá bien —dijo la práctica Marilla—. Quería quedarme con ellos, pero no veía cómo, especialmente cuando crecieran. El alquiler de la granja no da más que para mantener la casa y estaba decidida a que no se gastara en ellos un centavo de tu dinero. Ya haces bastante. Dora no necesitaba ese sombrero nuevo que le compraste. Pero ahora todo irá bien y ellos tendrán sus propios fondos.

Davy y Dora se alegraron cuando supieron que se quedarían en «Tejas Verdes» para siempre. La muerte de un tío a quien no conocían no pesaba para nada en la balanza. Pero Dora tenía una duda.

—¿Enterraron al tío Richard? —inquirió.

—Sí, querida, desde luego.


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