Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Puedes usar el viejo plumero que hay en el desván —dijo Ana—; yo te las teñiré de verde, rojo y amarillo.
—Estás malcriando al niño —protestó Marilla cuando Davy, con cara radiante, siguió a la peripuesta Dora.
La educación de Marilla habÃa hecho grandes progresos durante los últimos seis años, pero todavÃa no se podÃa librar de la idea de que era malo para los niños que accedieran muy a menudo a sus deseos.
—Todos los muchachos de su edad tienen tocados indios y Davy quiere el suyo —dijo Ana—. Y sé lo que se siente. Nunca olvidaré cuánto añoré las mangas abullonadas cuando todas las chicas las llevaban. Y Davy no está malcriado. Progresa dÃa a dÃa. Piense cuán diferente es de cuando llegó hace un año.
—Es cierto que no hace tantas diabluras desde que empezó a ir a la escuela —reconoció Marilla—. Supongo que la tendencia se diluye con los otros muchachos. Pero es raro que no tengamos noticias de Richard Keith. Ni una palabra desde mayo.
—Tengo miedo de sus noticias —suspiró Ana, mientras recogÃa los platos—. Si llega una carta, temeré abrirla, por miedo a que nos diga que le enviemos a los mellizos.