Ana, la de Avonlea

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—Rachel dice que si se levantara y tuviera voluntad, mejoraría. Pero ¿qué se puede conseguir con pedir a un trozo de jalea que se ponga de pie? —continuó Marilla—. Thomas Lynde nunca tuvo voluntad propia. Su madre le dominó hasta que se casó y entonces, Rachel se hizo cargo de la tarea. Es extraño que se atreviera a ponerse enfermo sin permiso. Pero no debería hablar así. Rachel ha sido una buena esposa. Él nunca hubiera llegado a nada sin ella, eso es verdad. Nació para obedecer y fue una suerte que cayera en manos de una mujer inteligente y capaz como Rachel. A él no le importaba la manera de ser de su mujer. Le ahorraba hasta la preocupación de tomar una decisión. Davy, deja de retorcerte como una anguila.

—No tengo otra cosa que hacer —protestó Davy—. No puedo comer más y no es muy divertido veros comer a ti y a Ana.

—Bueno, tú y Dora podéis ir a dar de comer a las aves —dijo Marilla—. Y no trates de quitarle las plumas de la cola a la gallina blanca.

—Necesitaba algunas plumas para mi tocado indio —contestó Davy—. Milty Boulter tiene uno muy elegante hecho con las plumas que le diera su madre cuando mataron la vieja gallina blanca. Me podrían dejar tener algunas. Esa gallina tiene más de las que necesita.


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