Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Quizá no fue algo tan terrible después de todo. Creo que en la vida, las pequeñas cosas hacen más daño que las grandes —dijo Ana, con uno de esos relámpagos de sabidurÃa que la experiencia no puede perfeccionar—. Marilla, por favor, no le diga a la señora Lynde que he estado con la señorita Lavendar. Empezará a hacer preguntas y eso no me va a gustar, ni tampoco a la señorita Lavendar, si se entera. Estoy segura.
—Me atrevo a decir que a Rachel le gustarÃa curiosear —admitió Marilla—, aunque ahora no tiene tanto tiempo como antes para meterse en las cosas de los demás. Está atada a su casa por culpa de Thomas y empieza a descorazonarse, pues creo que no hay esperanzas de que mejore. Rachel se quedará muy sola si algo le pasa a él, con todos sus hijos afincados en el oeste, excepto Eliza, que está en la ciudad; pero a Rachel no le gusta su marido.
Los chismes de Marilla atacaron a Eliza, quien estaba en muy buenos términos con su marido.