Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —¡He vendido la vaca Jersey del señor Harrison… la que le compró al señor Bell… al señor Shearer! Dolly está todavÃa en el establo.
—¿Ana Shirley, estás soñando?
—Eso quisiera. No es un sueño, aunque parece una pesadilla. Y la vaca del señor Harrison debe de estar a estas horas en Charlottetown. Oh, Marilla, creà que habÃa terminado de meterme en camisa de once varas y heme aquà otra vez. ¿Qué puedo hacer?
—¿Hacer? No hay nada que hacer, niña, excepto ir a ver al señor Harrison. Le podemos ofrecer nuestra vaca si no quiere el dinero. Es tan buena como la suya.
—Estoy segura de que se enfadará muchÃsimo —se quejó Ana.
—Ya lo creo. Parece ser un tipo irritable. Yo iré a explicarle todo, si quieres.
—No, no soy tan mezquina como para eso —exclamó Ana—. Todo ha sido culpa mÃa y por cierto que no voy a escapar al castigo. Iré sola y ahora mismo. Cuanto antes termine, mejor, pues será muy humillante.
La pobre Ana cogió su sombrero y sus veinte dólares y, cuando salÃa, se le ocurrió mirar por la puerta de la despensa.