Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —No se me ocurrió mirar —dijo Ana— pero ahora iré a ver. Martin no ha regresado. Quizá se le han muerto algunas tÃas más. Creo que es algo como lo de Peter Sloane y los octogenarios. La otra noche, la señora Sloane estaba leyendo un periódico y le dijo a su marido: «Veo que acaba de fallecer otro octogenario. ¿Qué es un octogenario, Peter?». Y el señor Sloane dijo que no lo sabÃa, pero que deben ser criaturas muy enfermas, porque lo único que se sabÃa de ellas es que se morÃan. Eso es lo que pasa con las tÃas de Martin.
—Martin es igual que todos esos franceses —dijo Marilla disgustada—. No se puede confiar en ellos para nada.
Marilla estaba revisando las compras de Ana cuando oyó un grito en el establo. Un minuto después, la muchacha entraba corriendo en la cocina y se retorcÃa las manos.
—¿Ana Shirley, qué ocurre ahora?
—Oh, Marilla, ¿qué voy a hacer? Esto es terrible. Y es culpa mÃa. ¿Cuándo aprenderé a reflexionar y a no ser una atolondrada? La señora Lynde siempre dijo que yo harÃa algo horrible algún dÃa y ya lo he hecho.
—¡Ana, eres un ser exasperante! ¿Qué has hecho ahora?