Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Porque usted me miraba igual que mamá cuando tenÃa ganas de besarme. En general no me gusta. A los muchachos no se les besa ¿sabe? Pero me gusta que usted me bese. Y por supuesto que vendré a verla otra vez. Me gustarÃa tenerla por amiga particular, si usted no se opone.
—No, no me opondré —dijo la señorita Lavendar. Se volvió y echó a andar rápidamente: pero al momento siguiente los despedÃa desde la ventana con una alegre sonrisa.
—Me gusta la señorita Lavendar —anunció Paul mientras cruzaban los bosques de hayas—. Me gusta el modo como me miraba y su casita de piedra y Charlotta IV. DesearÃa que abuelita tuviera una Charlotta IV en vez de a Mary Joe. Estoy seguro de que Charlotta IV no pensarÃa que estoy mal de la cabeza cuando le contara lo que pienso sobre las cosas. ¿No ha sido un espléndido té, señorita? Abuelita dice que un niño no debe estar pensando qué va a comer, pero no puedo evitarlo cuando tengo mucha hambre. Creo que la señorita Lavendar no le harÃa comer potaje a un niño por las mañanas si él no quisiera. Le dejarÃa hacer lo que deseara. Pero, por supuesto —Paul era un niño justo—, eso no podrÃa ser muy bueno para él. Aunque está bien, para variar, señorita.