Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Asà que éste es el hijo de Stephen —dijo en voz muy baja, tomando la mano de Paul y observándolo en toda su hermosura y su niñez, con su elegante abrigo y la gorra de piel—. Es… es muy parecido a su padre.
—Todos dicen que soy una astilla del viejo tronco —dijo Paul con su desenvoltura de costumbre.
Ana, que habÃa estado observando la escena, respiró aliviada. Vio que la señorita Lavendar y Paul se habÃan «aceptado» mutuamente y que no se trataban con modales afectados. La señorita Lavendar era una persona muy sensata a pesar de su romance y de sus sueños, y después de esa pequeña traición, escondió sus sentimientos y entretuvo a Paul como si éste fuera el hijo de cualquier persona que hubiera ido a visitarla. Pasaron una tarde muy divertida y comieron manjares que habrÃan hecho que la anciana señora Irving levantara las manos horrorizada, por creer arruinada para siempre la digestión de Paul.
—Vuelve a visitarme, querido —dijo la señorita Lavendar estrechándole la mano al despedirse.
—Puede besarme, si lo desea —dijo Paul seriamente.
La señorita Lavendar lo hizo.
—¿Cómo sabÃas que querÃa hacerlo? —murmuró.