Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Después de un breve silencio la señorita Lavendar dijo repentinamente:
—Me sorprendió oÃr hablar del hijo de Stephen el primer dÃa que estuvo aquÃ, Ana. Desde entonces, no me habÃa atrevido a nombrárselo, pero deseaba saberlo todo sobre él. ¿Qué clase de niño es?
—Es la criatura más dulce y encantadora que he conocido, señorita Lavendar. Y también imagina cosas como usted y yo.
—Me gustarÃa conocerlo —dijo la señorita Lavendar suavemente, como hablando consigo misma—. Me pregunto si se parecerá algo al pequeño niño de mis sueños. Mi pequeño niño.
—Si quiere conocer a Paul, puedo traerlo conmigo alguna vez —dijo Ana.
—Me gustarÃa, pero no demasiado pronto. Quiero acostumbrarme a la idea. Habrá en ello más dolor que alegrÃa, si se parece demasiado a Stephen o si no se le parece lo suficiente. Dentro de un mes, puede traérmelo.
De acuerdo con esto, un mes más tarde, Ana y Paul atravesaron los bosques rumbo a la casita de piedra y hallaron a la señorita Lavendar en el sendero. Ella no les esperaba y palideció al verles.