Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—Tuvimos una estúpida disputa, tonta y vulgar. Tan vulgar que ni siquiera recuerdo cómo empezó; apenas si recuerdo quién tuvo más culpa. Stephen empezó, pero supongo que yo debí haberlo provocado con alguna de mis tonterías. Él tenía uno o dos rivales. Yo era vanidosa y coqueta y me gustaba atormentarlo un poquito. Stephen era un hombre muy sensible. Bueno, nos separamos enfadados. Pero yo pensaba que todo iba a terminar bien y hubiera resultado de no regresar tan pronto Stephen. Ana, querida, lamento confesar… —la señorita Lavendar se detuvo como si fuera a declarar su predilección por asesinar gente— que soy una persona terriblemente malhumorada. ¡Oh!, no, no sonría…, es la verdad. Soy malhumorada, y Stephen volvió antes de que yo terminara de calmarme. No quise escucharle ni perdonarle; y él se fue para siempre. Era demasiado orgulloso para insistir. Y entonces me enfurecí porque no regresaba. Quizá pude haberlo mandado buscar, pero no pude humillarme hasta ese extremo. Era tan orgullosa como él. Orgullo y mal genio combinan mal, Ana. Pero nunca pude querer a otro, ni quise intentarlo. Prefería ser solterona durante mil años que casarme con alguien que no fuera Stephen Irving. Bueno, todo esto parece un sueño. Con cuánta simpatía me mira, Ana… con toda la benevolencia que puede despertar en sus diecisiete años. Pero no se exceda. Realmente soy muy feliz a pesar de tener destrozado el corazón. Mi corazón se rompió, si un corazón puede romperse, cuando comprendí que Stephen Irving no volvería. Pero Ana, un corazón destrozado en la vida real, no es la mitad de terrible de lo que resulta en los libros. Se parece mucho a tener un diente cariado, aunque no le parezca una comparación muy romántica. Tiene períodos de dolor y no deja dormir de vez en cuando, pero permite disfrutar de la vida, de los sueños, de los ecos y del guirlache de cacahuetes como si no ocurriera nada. Y ahora me mira desilusionada. Ya no me encuentra ni la mitad de interesante que hace cinco minutos, cuando creía que vivía presa de un trágico recuerdo que ocultaba valientemente con sonrisas. Esto es lo peor, o lo mejor, de la vida real, Ana. No te deja ser desgraciada. Sigue tratando de conformarla, y lo consigue, aun cuando se esté decidida a ser infeliz y romántica. ¿No es magnífico este dulce? Ya he comido más de lo que conviene a mi salud, pero no importa; seguiré comiendo.


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