Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—Algunas nacen solteronas, otras ganan la soltería y otras la reciben a la fuerza.

—Entonces usted es una de las que la ganaron —rió Ana—, y lo ha hecho tan encantadoramente que si todas las solteronas fueran como usted creo que se implantaría la moda.

—Siempre me gusta hacer las cosas lo mejor posible —dijo Lavendar—. Y ya que debí ser una solterona, decidí ser una agradable. La gente dice que soy rara; pero es porque yo sigo mi propio método de solterona, en vez de copiar los ya establecidos. Ana, ¿alguna vez le han contado algo sobre Stephen Irving y yo?

—Sí —dijo Ana cándidamente—. He oído que estuvieron comprometidos.

—Lo estuvimos… hace veinticinco años… una eternidad. Y teníamos que casarnos en la primavera. Tenía mi vestido de novia hecho aunque nadie, excepto mamá y Stephen, lo sabía. Podría decirse que estuvimos comprometidos casi toda la vida. Cuando Stephen era un niño, su madre lo trajo aquí una vez que vino a ver a la mía. Y la segunda vez que vino tenía nueve años y yo seis. Me dijo en el jardín que ya tenía decidido casarse conmigo cuando creciera. Recuerdo que le dije «gracias». Y cuando se fue le dije a mamá que me había quitado un gran peso de encima, pues ya no temía llegar a ser solterona. ¡Cómo rió la pobre mamá!

—¿Y qué sucedió?


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