Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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Esa noche, ruidos de júbilo y alboroto poblaron la casita de piedra, si bien es cierto que al cocinar, reír, hacer dulces e «imaginar», la señorita Lavendar y Ana no se comportaron de acuerdo a su dignidad de solterona de cuarenta y cinco años la una, y de sosegada maestra de escuela la otra. Luego se sentaron a descansar sobre la alfombra del comedor iluminado sólo por las suaves llamas y perfumado por las rosas. El viento se había desatado y suspiraba y se quejaba por los aleros y la nieve golpeaba suavemente contra las ventanas, como si un centenar de duendes de las tormentas trataran de entrar.

—¡Estoy tan contenta de que haya venido, Ana! —dijo la señorita Lavendar acariciándola dulcemente—. Si no estuviera aquí, me sentiría triste, muy triste, terriblemente triste. Los sueños y las suposiciones están muy bien de día, a la luz del sol; pero cuando llega la noche y la tormenta, ya no satisfacen. Entonces se desean cosas reales. Pero usted no puede comprenderlo. Diecisiete años no lo entienden. A esa edad, los sueños satisfacen, porque uno piensa que las realidades la esperan más adelante. Cuando tenía sus años, Ana, no pensaba que a los cuarenta y cinco estaría convertida en una solterona de cabellos blancos con la vida llena nada más que de sueños.

—Pero usted no es una solterona —dijo Ana sonriendo—. Las solteronas nacen, no se hacen.


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