Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Pensé que vendrÃa esta tarde, Ana —dijo la señorita Lavendar corriendo hacia ella—. Y estoy doblemente contenta, porque Charlotta IV no está. Su madre está enferma y fue a pasar la noche a su casa. Me hubiera sentido muy sola si no hubiera venido. Ni los sueños ni los ecos habrÃan resultado suficiente compañÃa. ¡Oh, Ana, qué hermosa es usted! —agregó repentinamente mirando a la alta y delgada muchachita sonrosada por el paseo—. ¡Qué hermosa y qué joven! Es delicioso tener diecisiete años, ¿no es cierto? La envidio —concluyó la señorita Lavendar cándidamente.
—Pero usted tiene diecisiete años en el corazón —sonrió Ana.
—No, soy una vieja de edad mediana, que es mucho peor —suspiró—; algunas veces pretendo que no es asÃ, pero otras me doy cuenta. Y no puedo reconciliarme con la idea como parece hacerlo la mayorÃa de las mujeres. Siento la misma rebelión que el dÃa que descubrà mi primera cana. Ana, no me mire como si estuviera tratando de comprender. Diecisiete años no pueden entenderlo. Voy a imaginar que yo también los tengo, y podré hacerlo, ahora que está aquà y trae la juventud en las manos, como un don. Vamos a pasar una tarde divertida. Primero el té. ¿Qué quiere comer? Tendremos cuanto guste. Pensemos en algo rico e indigesto.