Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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Pero aquel día, parecía como si diciembre hubiera recordado que ya era tiempo de que llegara el invierno, y repentinamente se presentó oscuro y amenazador, con una quietud que predecía nieve. A pesar de todo, Ana disfrutó de su paseo a través de la gran masa gris de terrenos cubiertos de hayas. Aunque iba sola, no sentía la soledad; su imaginación poblaba su camino de alegres compañeros, con quienes mantenía una divertida conversación que resultaba más ingeniosa y fascinante que las de la vida real.

En una «fingida» reunión de espíritus elegidos, cada uno dice justamente lo que uno quiere que diga; y así da oportunidad a contestarle lo que uno quiere decir. Asistida por esta invisible compañía, Ana atravesó los bosques y llegó al Camino de los Abedules justo cuando empezaban a caer los primeros copos. En el primer recodo, encontró a la señorita Lavendar, de pie bajo un inmenso abeto de espeso ramaje. Llevaba un traje de color rojo vivo y envolvía su cabeza y los hombros con un mantón de seda gris plata.

—Parece la reina de las hadas del bosque de los abetos —dijo Ana alegremente.



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