Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Ana había hecho muchas visitas a «La Morada del Eco» desde aquel día de octubre. Algunas veces ella y Diana iban por el camino y otras atravesaban los bosques. Cuando Diana no podía acompañarla, Ana iba sola. Entre ella y la señorita Lavendar había surgido una de esas amistades fieles y fervientes, posibles sólo entre una mujer que ha conservado la frescura de la juventud en su corazón, y una jovencita cuya imaginación e intuición suplen la falta de experiencia. Por fin Ana había descubierto una verdadera «alma gemela», mientras que para la solitaria vida de la pequeña dama, Ana y Diana significaban toda la alegría y regocijo del mundo exterior, en el que la señorita Lavendar, «olvidada del mundo, por el mundo olvidada», hacía ya mucho que no participaba; habían llevado a la pequeña casa de piedra una atmósfera de juventud y realidad. Charlotta IV siempre las recibía con su más amplia sonrisa… y las sonrisas de Charlotta eran inmensamente amplias. Las quería tanto por el bien que hacían a su adorada señora, como por ella misma. Nunca hubo en la casita de piedra risas y alegrías como las de aquel hermoso y largo otoño, cuando en pleno noviembre parecía continuar octubre y hasta aun diciembre remedaba los rayos de sol y las brumas del verano.