Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—Hoy me gustaría poder haraganear todo el día —le dijo Ana a un pajarillo que cantaba y se mecía sobre una rama de sauce—; pero una maestra de escuela que también está educando a un par de mellizos, no puede darse el lujo de holgazanear, pajarito. ¡Oh, qué dulce es tu canto, pajarito! Estás haciendo vibrar mi corazón con una canción mucho mejor que la que podría cantar yo. Pero ¿quién viene?

Un coche venía sacudiéndose por el sendero. Llevaba dos personas sentadas delante y un gran baúl detrás. Cuando estuvo más cerca, Ana reconoció al conductor, que resultó ser el hijo del jefe de la estación de Bright River; pero su compañera era una extranjera, una mujer que saltó ágilmente ante la puerta casi antes de que el caballo se detuviera. Era una personita muy bonita, más cerca de los cincuenta que de los cuarenta años, pero de sonrosadas mejillas, brillantes ojos y cabellos negros, coronados por un magnífico sombrero lleno de flores y plumas. A pesar de haber viajado doce kilómetros por un camino sucio y polvoriento, éste estaba tan limpio como si acabara de salir de la sombrerera.

—¿Es aquí donde vive el señor James A. Harrison? —preguntó prestamente.

—No, el señor Harrison vive más allá —respondió Ana completamente sorprendida.


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