Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—No creo que esté bien que digas estas cosas, Ana. Realmente no lo creo —dijo Marilla severamente—. Hace treinta años que Hester Gray ha muerto y su alma está en el cielo… espero.

—Sí, pero creo que aún ama y recuerda su jardín —dijo Ana—. Estoy segura de que, no importa cuántos años lleve viviendo en el cielo, me gustará mirar y ver que alguien pone flores en mi tumba. Si yo hubiera tenido aquí un jardín como el de Hester Gray, tardaría más de treinta años en olvidarlo; en el cielo, sentiría nostalgia de vez en cuando.

—Bueno, no dejes que los mellizos te oigan hablar así —fue la endeble protesta de Marilla mientras entraba el pollo a la casa.

Ana prendió los narcisos entre sus cabellos y se detuvo un rato a gozar de la gloria de junio antes de comenzar a atender sus tareas de sábado por la mañana. El mundo volvía a surgir maravilloso; la madre naturaleza ponía todos sus esfuerzos en la tarea de restaurar los daños ocasionados por la tormenta y, aunque a veces no tenía éxito, en general realizaba maravillas.



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