Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Me alegra mucho oÃrlo —dijo la rosada dama volviendo ágilmente a su sitio en el coche—, porque resulta que ya está casado. Yo soy su esposa. ¡Oh!, puede sorprenderse. Supongo que se las debe haber estado dando de solterón y que habrá roto corazones a diestro y siniestro. Bueno, bueno, James A. —señaló a través de los campos hacia la gran casa blanca—: tu juego ha terminado. Aquà estoy yo… aunque no me hubiera molestado en venir de no haber pensado que andabas en algún enredo. Supongo —dijo dirigiéndose a Ana— que la cotorra sigue tan indecente como siempre.
—Su cotorra… está muerta… creo —murmuró la pobre Ana, quien en ese momento no estaba segura ni de su propio nombre.
—¡Muerta! Todo irá bien entonces —gritó la dama jubilosamente—. Puedo manejar a James A. si la cotorra está fuera de juego.
Con un grito siguió gozosa su viaje y Ana voló hacia la puerta de la cocina en busca de Marilla.
—Ana, ¿quién era esa mujer?
—Marilla —dijo Ana solemnemente, pero con ojos que le bailaban—, ¿parezco loca?
—No más que de costumbre —respondió Marilla sin intención de ser irónica.
—Bueno, entonces, ¿le parece que estoy despierta?