Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Thomas Lynde dejó este mundo tan quieta y recatadamente como viniera. Su esposa fue una enfermera tierna, paciente e incansable. En otros tiempos, cuando su pequeño y entonces saludable Thomas la provocara con su lentitud o docilidad, Rachel había sido un poco dura; pero cuando enfermó, no hubo voz más queda, mano más suave, vigilia más voluntaria.
—Has sido una buena esposa —dijo él simplemente una vez, cuando ella estaba sentada a su lado en el crepúsculo, mientras sostenía su mano, delgada y pálida, entre las suyas—. Una buena esposa. Lamento no dejarte mejor, pero los muchachos te cuidarán. Son inteligentes y capaces, igual que su madre… una buena madre… una buena esposa.
Entonces se quedó dormido; y la mañana siguiente, justo cuando el alba se deslizaba entre los puntiagudos pinos de la hondonada, Marilla subió a despertar suavemente a Ana.
—Ana, Thomas Lynde se ha ido. El criado acaba de traer la noticia. Voy junto a Rachel.
