Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —¡Pero habrá tantas muchachas inteligentes en Redmond! —suspiró ésta—, y yo sólo soy una estúpida campesina que dice «ya sé» algunas veces, aunque sepa razonar cuando me detengo a pensar. Bueno, estos dos últimos años han sido demasiado hermosos para durar. Sé de alguien que está contento de que vayas a Redmond, Ana. Voy a hacerte una pregunta, una pregunta seria. No te enfades y contesta seriamente: ¿te interesa Gilbert?
—Mucho como amigo y nada en el sentido que tú piensas —respondió Ana con calma y sinceridad, pensando para sà que contestaba francamente.
Diana suspiró. Deseaba que Ana le hubiera contestado de otro modo.
—¿No piensas casarte nunca, Ana?
—Quizás… algún dÃa… cuando encuentre la persona indicada —contestó la muchacha, sonriendo soñadoramente a la luz de la luna.
—Pero ¿cómo estarás segura?
—Oh, lo sabré… algo me lo dirá. Tú sabes cómo es mi ideal, Diana.
—Pero los ideales de la gente cambian algunas veces.
—El mÃo, no. Y no podrÃa importarme un hombre que no lo llenara.
—¿Y si nunca lo encuentras?