Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Diana se estiró y se apoyó contra la cabecera de la cama. Cuando un compañero de crepúsculo dice cosas tan raras, es bueno cerciorarse de que uno tiene cosas sólidas tras sÃ.
—Temo que la Sociedad de Fomento decaerá cuando no estéis ni tú ni Gilbert —comentó tristemente.
—No lo temo en lo más mÃnimo —dijo Ana con energÃa, volviendo de la tierra de ensueño a los asuntos prácticos de la vida—. Está demasiado establecida para eso, especialmente desde que los mayores sienten tanto entusiasmo por ella. Mira lo que están haciendo en sus campos este verano. Además, estaré a la caza de ideas en Redmond y escribiré un informe el próximo invierno. No tengas una visión tan trágica de la vida, Diana. Y no eches a perder mi instante de felicidad. Ya tendré bastante tristeza a la hora de partir.
—Tienes razón para estar contenta. Vas a la universidad y lo pasarás bien haciendo montones de nuevos amigos.
—Espero hacer nuevas amistades —dijo Ana pensativa—. La posibilidad de conocer nuevos amigos ayuda a hacer más fascinante la vida. Pero no importa cuántos nuevos amigos haga, nunca me serán más queridos que los viejos, especialmente no más que una muchacha de ojos negros y hoyuelos. ¿Adivinas quién es, Diana?