Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—¡Oh, gracias! Tenía pensado pedírtelo. Y también en la de la pequeña Hester Gray. Por favor, no te olvides de ella. ¿Sabes?, he pensado y soñado tanto con Hester Gray que se me ha hecho extrañamente real. Pienso en ella, en su pequeño jardín, en ese rincón frío, verde y tranquilo y tengo la sensación de que si pudiera deslizarme allí uno de estos atardeceres de primavera, justo en el instante que separa la luz de las sombras, y subir por la colina de los abetos con suavidad, para que mis pisadas no la pudieran asustar, encontraría el jardín tal como era, con sus lirios y sus rosas tempranas, con la casita cubierta por los pámpanos. Y la pequeña Hester Gray estaría allí, con los ojos suaves y el viento que jugaría con su oscura cabellera, vagabundeando, acariciando los lirios con la punta de los dedos y murmurando secretos a las rosas. Y entraría tan, tan suavemente, y extendiendo los brazos, le diría: «Pequeña Hester Gray, ¿me dejas ser tu compañera de juegos, ya que amo también las rosas?». Y nos sentaríamos en el viejo banco y hablaríamos y soñaríamos un poco, o quizá nos quedaríamos silenciosas. Y entonces saldría la luna y miraría a mi alrededor… y no habría Hester Gray, ni casita con parras, ni rosas… sólo un viejo y abandonado jardín, cubierto de lirios entre el césped y el viento que suspiraría muy tristemente entre los cerezos. Y no hubiese podido saber si aquello había sido realidad o fantasía.


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