Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Espero que no llamen al señor Baxter de East Grafton —dijo Ana decidida—. Quiere esta parroquia, pero dice unos sermones tan lúgubres. El señor Bell dice que es un ministro de la vieja escuela, pero la señora Lynde insiste en que lo único que tiene es indigestión. Parece que su mujer no es muy buena cocinera y la señora Lynde dice que cuando un hombre debe comer pan duro dos semanas de cada tres, su teologÃa tiene muchas probabilidades de fallar por algún lado. La señora Alian lamenta mucho irse. Dice que todos han sido muy gentiles con ella desde que llegó aquà como recién casada y que siente como si abandonara amigos de toda la vida. Además, aquà queda la tumba del bebé. Dice que no sabe cómo podrá irse y dejarla; era tan pequeño, sólo tenÃa tres meses y dice que teme que éste eche de menos a su madre, aunque por nada del mundo se lo dirÃa a su marido. Dice que casi todas las noches ha ido al camposanto a cantarle una canción de cuna. Me lo contó ayer tarde, mientras yo estaba colocando rosas silvestres en la tumba de Matthew. Le prometà que mientras estuviera en Avonlea, pondrÃa flores en la tumba del bebé y que cuando me fuera estaba segura de que…
—Yo lo harÃa —finalizó Diana—. Desde luego que sÃ. Y las pondré, en tu nombre, en la tumba de Matthew.