Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —¿Adónde vas tan emperifollada? —quiso saber Davy—. Estás fenomenal con ese vestido.
Ana habĂa bajado a comer con un vestido nuevo de muselina verde pálido, el primer traje de color que usaba desde la muerte de Matthew. Le sentaba muy bien, haciendo resaltar los delicados tintes de su rostro y el brillo satinado de su cabello.
—Davy, cuántas veces te he dicho que no debes usar esa palabra —le regañó—. Voy a «La Morada del Eco».
—Llévame contigo —rogó el niño.
—Lo harĂa si fuera en el coche, pero voy a ir caminando y está demasiado lejos para las piernas de un niño de ocho años. Además, Paul viene conmigo y me temo que no disfrutes mucho de su compañĂa.
—Oh, ahora Paul me gusta mucho más que antes —dijo Davy comenzando a hacer incursiones en su budĂn—. Desde que soy más bueno, no me importa mucho que Ă©l lo sea un poco más que yo. Si continĂşo asĂ, ya lo alcanzarĂ© algĂşn dĂa, en piernas y bondad. Además, Paul es realmente bueno con los más pequeños de la escuela. No deja que los grandes se metan con nosotros y nos enseña montones de juegos.