Ana, la de Avonlea

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—Un chico que se mancha toda la cara cuando come su budín, nunca conseguirá que una joven le mire —dijo Marilla seriamente.

—Pero yo me lavaré antes de hacerle la corte —dijo Davy y trató de mejorar los hechos pasándose el dorso de la mano por la cara—. Y también me lavaré las orejas sin que me lo digan. Esta mañana me acordé de hacerlo, Marilla. Ya no me olvido tan a menudo. Pero… —suspiró Davy— hay tantos rincones por el cuerpo que es muy difícil recordarlos todos. Bueno, si no puedo ir a lo de la señorita Lavendar, iré a ver a la señora Harrison. Puedo asegurarte que la señora Harrison es una mujer magnífica. Guarda en su despensa un tarro de dulces, especialmente para los niños, y siempre me da lo que queda en el molde cuando hace tarta de ciruelas. El señor Harrison fue siempre un hombre bueno, pero lo es el doble desde que está casado otra vez. Creo que el casarse hace mejor a la gente. ¿Por qué tú no te casas, Marilla? Quiero saber.

El hecho de ser soltera nunca había apenado a Marilla, de modo que después de un cambio de significativas miradas con Ana, respondió amablemente que suponía que era porque nadie la había querido.

—Pero quizá tú nunca le pediste a nadie que te quisiera —protestó Davy.


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