Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—En la señorita Lavendar y en el señor Irving —respondió soñadoramente—. ¿No es hermoso cómo ha sucedido todo, cómo se han reunido después de todos estos años de separación e incomprensión?

—Sí, es hermoso —dijo Gilbert, mirando a Ana a la cara—, pero ¿no hubiese sido aún más hermoso si no hubiera habido separación e incomprensión, si hubieran recorrido de la mano todo el camino de la vida, sin otros recuerdos que los mutuos?

Por un instante, el corazón de Ana aceleró su ritmo y por vez primera no pudo sostener la mirada de Gilbert, mientras se teñían de rojo sus pálidas mejillas. Era como si se hubiera alzado un velo en su conciencia, revelándole sentimientos y realidades insospechados. Quizá, después de todo, el romance no llegaba con pompa y esplendor, como un caballero andante; quizá se deslizaba a nuestro lado calladamente como un viejo amigo; quizá se revelaba en prosa, hasta que una repentina iluminación que recorría sus páginas traicionaba el ritmo y la música; quizá el amor se desprendía naturalmente de una hermosa amistad, cual una rosa de corazón dorado de su tallo.



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