Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Dos horas más tarde, Ana y Charlotta IV volvÃan por el sendero; Gilbert habÃa ido a West Grafton con un recado y Diana tenÃa un compromiso en casa. Las dos muchachas regresaban para poner las cosas en orden y cerrar la casita de piedra. El jardÃn era un charco de tardÃa luz solar, con mariposas que volaban y abejas zumbantes; pero la casita tenÃa ya ese aire indefinido de desolación que siempre sigue a una fiesta.
—¿No parece solitaria? —dijo Charlotta IV, que habÃa estado llorando todo el camino—. Después de todo, una boda no es más alegre que un funeral, una vez que todo ha terminado, señorita Shirley, señora.
Siguió una tarde ocupada. DebÃan quitar la decoración, lavar los platos y guardar las golosinas sobrantes en una cesta, para deleite de los hermanos menores de Charlotta IV. Ana no descansó hasta que todo estuvo en perfecto orden. Después de la partida de Charlotta IV, Ana recorrió las quietas estancias, sintiéndose como alguien que recorre solo el desierto salón de un banquete, y cerró los postigos. Entonces echó llave a la puerta y se sentó bajo el álamo plateado a esperar a Gilbert, sintiéndose muy cansada, pero sin dejar por eso de pensar.
—¿En qué piensas, Ana? —preguntó Gilbert al llegar. HabÃa dejado su coche en el camino.